miércoles, 9 de noviembre de 2011

De principes y princesas

Hace un tiempo, demasiado para recordar las palabras exactas, demasiado poco para haberme olvidado de ello, me contaron una historia. Era sobre un príncipe. Me la contó un rey.
No recuerdo donde vivía, quizá en un reino encantado, quizá en un paraíso, en un ghetto o en el Upper East Side de Manhattan. No es importante para poder explicar que estaba enamorado. Su princesa era la más bella que había existido en toda la eternidad, y que existirá. Su princesa era la mente más ingeniosa y perfecta que una madre había podido traer al mundo en toda la eternidad, y que podrá. Su princesa era un puta. No ejercía la profesión, es más, sólo el principe lo pensaba, para el resto del mundo era la perfección encarnado en un pequeño cuerpo que servía de Diana para todas las virtudes, pero era una puta.
 La princesa no amaba al principe, no lo amaría. No lo quería, no lo querría. No le haría más feliz de lo que puede durar una sonrisa seguida de un puñetazo en el orgullo, o en la boca del estómago, que es lo mismo.

Al príncipe le habían enseñado que sólo se muere una vez, pero él ya iba por la vigesimo cuarta. Cuanto más pasaba el tiempo, con más facilidad moría. Un brillo de ojos, un esbozo de sonrisa, un retazo suelto del perfecto aroma que desprendía aquel perfecto pelo, acababan con su corazón su respiración y sus pulmones.

Al principe también le habían enseñado que todas las historias de príncipes y princesas acaban bien. Siempre soñaba con que estaba muriendo por última vez, un día cualquiera, quizá un 24 de Marzo, y su princesa se daba cuenta de su amor, lo salvaba, lo rescataba de sus lágrimas y a partir de ese momento las convertía en sonrisas.

Lo que al príncipe aún no le habían enseñado es que se debe aprender de los errores. Y que no todo lo que te enseñan es cierto, ni lo que no aprendes se debe olvidar. Por primera vez, un 24 de Marzo, se suicidó en vez de dejarse morir. Y por última vez, sintió el amor. O el dolor.

Murió solo, un 30 de Octubre, mientras aprendía que muerto no podía sentir el amor de su princesa.

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